Un sueño cumplido, entre mis recuerdos

Al fin he podido realizar algo que llevaba tiempo queriendo realizar, he podido viajar al pasado con mi hija, he podido llevarla a mis recuerdos y compartirlos con ella, ha costado trece años, pero al fin pude compartir parte de mi pasado.

 

pueblo

recuerdos…

 

Este verano fuimos a mi tierra después de mucho tiempo, y de camino, paramos en el pueblo donde yo veraneaba en mi niñez, mi pueblo, pude compartir con mi pareja y mi hija, los lugares donde yo jugaba, la calle principal, que se mantiene igual, por donde paseaban las piaras de cerdos, pude mostrarle la casa donde mi hermano y yo, moviendo una maceta, descubrimos una serpiente que salió asustada y aterrorizada al ver que salíamos corriendo detrás de ella.

Pude explicarle cómo era la infancia cuando yo tenía muchos menos años que ella, como bajábamos la cuesta hasta el río donde habían hecho la presa, y nos bañábamos allí, y pescábamos ranas, renacuajos y alguna serpiente que, pobre ella, se cruzase en nuestro camino, como mi hermana mayor apareció un día en la casa con dos patos que “se había encontrado” en el río. Cómo nosotros nos encontramos una mula, y cuando queríamos quedarnosla, apareció el mulero, (lastima), que eso sí, nos permitió cabalgar la mula por la linde del río, nos sentíamos como tocando el cielo ahí arriba.

Le conté cómo con sus bisyayos, íbamos su tío y yo camino arriba siguiendo el río, cogiendo frambuesas con nuestras cachabas en los zarzales y llenábamos el cubo hasta arriba. Cómo después de un día de lluvia, salíamos siguiendo la carretera principal buscando caracoles, los mejores como siempre, los de al lado del cementerio, que eran los más gordos y sabrosos.

Le conté cómo por la noche mis yayos y mis padres se sentaban en el patio trasero después de la cena, con  mi tía, mis primas, mis primos, y charlaban y disfrutaban de la fresca, y cómo mi hermano y yo, con unos murciélagos de plástico que habíamos comprado en los ultramarinos, (sí, en los pueblos todavía había ultramarinos), les pusimos un hilo y lo lanzamos desde el balcón, sobre mi yaya, la cual aterrorizada cayó de espaldas, mi padre no tardó ni diez segundos en subir el tramo de escaleras hasta nuestra habitación y darnos una somanta de palos por el susto y la caída de mi abuela.

Habitación que tenía una de esas viejisimas camas de hierro, con un colchón gigantesco, que cuando te tumbabas te hundías hasta el infinito, y dormías como en una nube.

Como teníamos un balde de metal en el patio lleno de ranas y renacuajos, porque queríamos que nuestra madre, su yaya nos hiciese ancas, pero que nunca nos hizo, como nos regábamos con la manguera para soportar el calor entre risas y como usábamos el azadón para ilusos, encontrar un tesoro  en un terreno pequeño que estaba en el mismo patio, y lo que hicimos fue limpiarle el terreno a la dueña de la casa.

Le conté cómo íbamos a casa de la Remedios que tenía vacas, gallinas, una porqueriza con unos cuantos gorrinos, chorizos deliciosos y picantes como nunca  después he comido, que hacía ella misma de sus gorrinos y que tenía colgados en un trastero posterior a la cocina, cómo acariciábamos a la vaca y esta le metía un lametón a mi hermana, o cómo nos bebíamos los huevos haciéndoles un agujero.

En pocas palabras le mostré mi infancia, cosa que quería hacer desde hace mucho y que al fin pude hacer, nos bañamos en el mismo río, y compartimos uno de esos momentos increíbles en que el presente y el pasado se juntan por un momento.

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